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Música Clásica y ópera de Classissima

Anne-sophie Mutter

lunes 24 de julio de 2017


Ya nos queda un día menos

10 de julio

Isabelle Fausto y Mefistófeles Antonini

Ya nos queda un día menosTengo previsto escuchar en directo el próximo domingo en Londres el Concierto para violín nº 3 de Mozart interpretado por Isabelle Faust, Bernard Haitink y la Chamber Orchestre of Europe. Movido por una curiosidad no poco morbosa, he escuchado la interpretación de la misma obra recientemente registrada para Harmonia Mundi por la violinista alemana junto a Giovanni Antonini y sus chicos de Il Giardino Armonico, dentro de un doble compacto que ofrece la integral de los conciertos para violín del salzburgués. ¿Resultados? Ni más ni menos que los esperados. Un Mozart lleno de vida, de entusiasmo y de color; un Mozart efervescente y contrastado a más no poder que rehúye los tópicos del presunto equilibrio y el distanciamiento neoclásico para decantarse por los claroscuros y por la teatralidad apostando por una enorme valentía en el fraseo. Pero también (¡cómo no!) un Mozart trivial, en exceso lúdico, coqueto en el peor sentido de la palabra y repleto de detalles de no ya de amaneramiento, sino de abierta cursilería. Y muy alicorto a la hora de lanzarse al vuelo poético: el sublime Adagio no solo no emociona lo más mínimo, sino que está lleno de sonoridades insoportables por parte de la señora Faust, aquí dispuesta a imitar los peores defectos de quien hubiéramos esperado en este disco, no otro que el horripilante Enrico Onofri. "Este chico sigue sin tener ni idea de interpretación históricamente informada y odia visceralmente los instrumentos originales", pensarán los lectores de la kale barroka que se pasen por aquí. Pues miren ustedes, la grabación de Andrew Manze de 2005 me parece más sensata que ésta, no tanto por su labor solista –más bien inexpresiva– como por su muy notable dirección frente a The English Concert. Y la ya antigua de Simon Standage con Christopher Hogwood la encuentro sencillamente espléndida: a despecho de alguna frase en exceso repipi en el primer movimiento por parte del malogrado Chris, he ahí un Mozart "de verdad", ciertamente mucho antes ágil, luminoso y risueño que otra cosa –imposible olvidar la hondísima poesía de la Mutter con Karajan–, pero lleno de musicalidad y sin el menor deseo de llamar la atención a base de presuntos hallazgos. Por descontado que Standage no renuncia a una articulación plenamente historicista, pero es la musicalidad personificada: él sí que vuela en el Adagio. Y el clave al continuo resulta muy bienvenido. La cosa en realidad es más sencilla de lo que parece: se puede hacer un gran Mozart y un mal Mozart tanto desde la tradición como desde lo "históricamente informado". Lo que importa es lo voluntariosos e inspirados que estén los artistas de turno. Y aquí la señora Faust(o), en otras ocasiones enorme violinista, se deja arrastrar por ese singular Mefistófeles –simpático y seductor, materializador de mil placeres, pero demonio al fin y al cabo– que es Giovanni Antonini. Y ahora, la pregunta del millón: ¿hasta qué punto cambiará la solista sus maneras de hacer para acomodarse a los radicalmente distintos planteamientos del veteranísimo Haitink? ¡Qué ganas de ver lo que ocurre! PD. Por si a alguien se le ocurriera iniciar un debate sobre el tema, que sepa que mañana salgo de viaje a Inglaterra y desde entonces me limitaré a darle entrada a los comentarios, pero nada más. Dejo un par de entradas programadas para los días de mi ausencia.

Ya nos queda un día menos

6 de julio

Rattle y la London Symphony en Granada (y II): Berlioz, Sibelius, Brahms

Abriendo el segundo concierto en el Festival de Granada –del primero hablé en la entrada anterior–, Rattle y la London Symphony ofrecieron El carnaval romano de Berlioz, en interpretación ortodoxa y sensata, dicha con pinceles finos, exquisito gusto y esa chispa juvenil que caracteriza a Sir Simon. Magnífica, sin duda, aunque es cierto que ni en la segunda parte terminó de ser todo lo bulliciosa que podría haber sido ni, sobre todo, en la primera logró destapar el tarro de las esencias poéticas que tan maravillosamente supo destilar Sir Colin Davis con la misma orquesta en su memorable grabación de 1965. Magnífico el solo de corno inglés. Me gustó mucho cómo dirigió Rattle el Concierto para violín de Sibelius, más que en los dos registros suyos que comenté en la discografía comparada. Fue la suya una dirección magníficamente sonada, de planificación impecable, poderosa cuando tenía que serlo y dotada de gran vuelo lírico. Y acertó estilísticamente en ese punto intermedio que la obra marca en la trayectoria del compositor, es decir, entre las deudas con el romanticismo y lo que iba a ser su estilo maduro. La orquesta rindió de manera soberbia, sin excesiva opulencia pero tampoco con la necesidad de marcar asperezas. Janine Jansen es a priori una solista de lujo. El pasado lunes 3 de julio no tuvo su mejor noche en lo técnico: aparte de un ataque por completo gafado casi al final del primer movimiento, hubo vacilaciones e inseguridades varias. La violinista miraba de vez en cuando a Rattle como pidiendo disculpas, y éste le replicaba con infinita comprensión. Lógico: se trata de un concierto casi "intocable", y les aseguro que tengo una grabación radiofónica de la mismísima Anne-Sophie Mutter donde la violinista alemana desafina cosa mala. Miren, a mí estas cosas me importan muy poco, como tampoco valoro especialmente que el sonido de Jansen sea de una belleza increíble (¡qué registro grave, cielo santo!) y que, pese a los reparos expuestos, sorteara la mayoría de los terribles escollos técnicos de la obra de manera más satisfactoria. A mí lo que más me interesa es otra cosa: eso que se llama interpretación. Y aquí debo reconocer que la Jansen me dio una muy agradable sorpresa, porque ya le había escuchado la página en directo, con Mariss Jansons y la Orquesta del Concertgebouw en Murcia, allá por 2010, y no me había convencido. Escribí entonces que la holandesa "ofreció un sonido de gran belleza y un virtuosismo a prueba de bombas, pero su visión de la obra fue meramente contemplativa, muy tímida en el aspecto expresivo y, por ende, bastante superficial". Esta vez me ha gustado mucho más. Quizá haya influido que en aquella ocasión mi asiento estaba lejos del escenario y el violín de Jansen, no muy poderoso, quedaba un tanto en segundo plano; en el Carlos V estuve en fila 3 y pude escucharlo mucho mejor. O quizá es que un servidor acudiera a Granada ya preparado a lo que iba a ser el enfoque de la artista: efectivamente, mucho antes lírico que dramático. Pero también creo que los años no pasan en balde, y que la bellísima artista ha madurado su concepto, ha profundizado en las notas y ha sabido inyectar una mayor dosis de sinceridad y energía a su aproximación. Lo mejor del concierto estuvo en la propina: acompañada de algunos primeros atriles de la LSO, Jansen ofreció una Nana de Federico García Lorca para derramar lágrimas. Salí al intermedio acongojado. "Por su carácter sencillo y luminoso, la obra ha sido conocida a menudo como la Pastoral de Brahms", afirma en sus notas al programa Pablo J. Vayón sobre la Segunda sinfonía del hamburgués. Los dos temas de la forma sonata del primer movimiento, afirma, "tienen un aire de serena cantabilidad, el segundo en exquisito ritmo de vals". El Allegro grazioso "es una danza ligera y de aire popular (...) que no pierde en ningún momento ni la elegancia ni la compostura clásica", concluyendo el autor que "la Sinfonía en re mayor es puro Brahms, un Brahms lírico y hasta juguetón". Quien comparta semejantes valoraciones expresivas, no tendrá duda a la hora de calificar la interpretación de Rattle como insuperable. Pero yo no las comparto. En absoluto. Queda claro que no estamos aquí en el terreno abiertamente trágico de las dos siguientes sinfonías brahmsianas, y el carácter afirmativo del último movimiento de la op. 37 parece fuera de duda; tampoco se puede negar que en la partitura existan elementos lúdicos y un socarrón sentido del humor. Pero mí me parece que lo que singulariza a Brahms es una muy particular mezcla de ternura, reflexión humanística, amargor y desgarro emocional, y que todo eso está por completo presente en esta partitura, al menos en sus dos primeros movimientos. De los dos temas de la forma sonata del Allegro non troppo, el primero resulta tremendamente combativo, mientras que el segundo –melodía tan parecida a la celebérrima canción de cuna del mismo autor– posee un fortísimo sabor agridulce que se clava en el corazón como un verdadero puñal cuando recibe una interpretación de verdadera altura: si conocen lo de Giulini/Viena –uno de los más grandes discos sinfónicos que jamás he escuchado– saben bien de qué les estoy hablando. Todo el desarrollo del movimiento es, asimismo, una contraposición entre amor y dolor, entre vuelo lírico y dramatismo escarpado, alcanzando sus clímax una fuerza desgarradora. Además de la grabación antes citada, escuchen por ejemplo a Bernard Haitink con la propia London Symphony, como estoy haciendo yo ahora mismo. Rattle parece no ver nada de esto: se limita a ofrecer una traducción de enorme belleza formal sin fondo trágico, además de carente de ese particular sonido brahmsiano que solo unos pocos directores vivos (Haitink, Barenboim y Nelsons, quizá también Muti) son capaces de ofrecer hoy. A mi modo de ver, un dolor intenso, por momentos intensísimo y con elevados picos de tensión, debe recorrer el Adagio non troppo de principio a fin. El maestro de Liverpool fraseó sus melodías con cantabilidad suprema (¡portentosa la cuerda de la LSO, mejor aún que el día anterior!) pero suavizando aristas tanto sonoras como expresivas, sin hurgar en el trasfondo de los pentagramas. En Granada, afortunadamente, no cayó en la tentación de ofrecer las sonoridades relamidas de las que hizo gala con la Filarmónica de Berlín en su filmación de 2016, disponible en la Digital Concert Hall. A partir de ahí, Rattle se encontró muchísimo más en su elemento expresivo, inyectando a los dos últimos movimientos una buena dosis de ese empuje, de esa frescura y de ese sentido del humor –ojo, con el británico más risueño que jocoso– que caracterizan a su batuta, mas sin dejar de desplegar el músculo y el carácter dionisíaco que ambos necesitan. El aplauso del respetable fue grande. De propina, ya cerca de la una de la madrugada, la Danza eslava nº 7 de Dvorák. Me pareció un prodigio de ritmo y chispa por parte del maestro y los miembros de una LSO entregadísima y venciendo el cansancio –había cola de músicos en la máquina del café durante el intermedio–, pero aquí la deficiente acústica de la planta baja del palacio diseñado por Pedro Machuca se hizo más evidente que en el resto de la noche: el desequilibrio de planos fue molesto. Ah, hubo firma de autógrafos por parte de una muy paciente, amable y educada Janine Jansen. Yo me compré su Prokofiev. PD. Las fotos las he tomado del Facebook oficial de la LSO.




Ya nos queda un día menos

24 de junio

Concierto para violín de Sibelius: discografía comparada

Sobre un irreal trémolo de las cuerdas con sordina se va elevando, tímidamente, un tan hermoso como desgarrado lamento de violín. Tras una serie de acrobacias en la mejor tradición del concierto romántico, una orquesta de sonoridad oscura y potente termina de establecer el carácter trágico y no poco rebelde de lo que se va a escuchar. Algunos podrían pensar de manera inmediata en un territorio vasto y desolado, sin rastro de la presencia humana. Y en ese momento se pregunta uno si tiene sentido la afirmación tantas veces repetida según la cual esta soberbia página, como el resto de la producción sinfónica del autor, no es sino la plasmación musical de los vastos paisajes de su Finlandia natal. Por un lado, las investigaciones musicológicas apenas encuentran rasgos del folclore finlandés en su obra. Más bien, dada la falta de tradición musical en Finlandia y la formación de Sibelius, es perceptible la influencia tanto del denso romanticismo germano como del encendido, trágico y a veces grandilocuente lirismo de Tchaikovsky. Al menos en la primera de las dos etapas que se distinguen en su trayectoria creativa, la cual culmina precisamente en este concierto; a partir de la Tercera Sinfonía su estilo se hará más austero, concentrado y personal. Por otro, e independientemente del hecho de que Sibelius fuera un nacionalista convencido, se percibe un aliento profundamente nórdico en su música, como en la del noruego Grieg o el danés Nielsen, que nos efectivamente nos podría traer a la mente paisajes fríos, extensos y desolados, habitados por almas recias y curtidas de gran potencia interior Para complicar aún más este problema podemos acudir a la descripción que el propio Sibelius realiza del tercer movimiento de la obra estrenada en 1903 bajo su propia dirección y luego sustancialmente revisada: "una danza macabra a través de los páramos de Finlandia". Sí, en esto no hay duda: el dolor y la rebeldía del primer movimiento, y la desolada melancolía del segundo, sólo podían conducir al frenesí de la danza última: tal como ocurre en El Séptimo Sello, del sueco (¡qué casualidad!) Ingmar Bergman ¿Una danza macabra? ¿A través de los páramos de Finlandia, o quizás de los del corazón? De momento dejémoslo en la Muerte, simplemente. _____________ Las líneas anteriores las escribí –ahora han sido parcialmente modificadas– hace ya dieciocho años para unas notas al programa. Queda claro que son reflexiones muy personales. Quizá demasiado. Desde entonces mi manera de entender la obra no ha cambiado mucho, pero lo cierto es que en fechas recientes Lisa Batiashvili casi ha logrado convencerme de que la partitura se puede interpretar igual de bien desde una óptica apolínea, sin necesidad de subrayar aristas ni de caer en el desgarro emocional, concediendo amplio espacio a la belleza formal y al poder evocador de la música. O sea, justo lo contrario de lo que hacía mi violinista todavía hoy favorito en esta obra maestra, Pinchas Zukerman. Maxim Vengerov, tercero en discordia a la hora de disputarse el podio en esta partitura dificilísima de tocar e interpretar, supondría un perfecto punto de equilibrio entre ambos enfoques. Los tres, curiosamente, contaron con la complicidad de Daniel Barenboim en el podio. Un Barenboim ya admirable en los años setenta pero considerablemente más maduro en la última de sus grabaciones. Adelanto al lector que esas tres son, para quien esto suscribes, las claras referencias. 1. David Oistrakh. Sixten Ehrling/Orquesta del Festival de Estocolmo (EMI-Testament, 1954). Resulta difícil ponerle pegas a este violín recio, viril, ardiente a más no poder pero siempre controlado, de una rusticidad muy adecuada para una obra como esta y en todo momento dispuesto a poner de relieve los aspectos más tensos y rebeldes de la partitura. Y lo logra como pocos lo han hecho. Sin embargo, hay que reconocer que, entregado por completo al dramatismo, el enorme violinista ruso no termina de sintonizar con la vertiente más lírica de la obra, echándose de menos mayor dosis de sensualidad, de poesía y de fuerza evocadora para redondear su, en cualquier caso, impresionante acercamiento. El joven maestro sueco –treinta y seis años– sintoniza con la visión del solista para lo bueno y para lo menos bueno, ofreciendo un acercamiento muy escarpado pero de escaso vuelo poético, amén de más atento al trazo global que al detalle. La toma sonora, monofónica, ha resistido bien el paso del tiempo. (7) 2. Heifetz. Hendel/Sinfónica de Chicago (RCA, 1959). Tocar, lo que se dice tocar, es difícil hacerlo mejor que como lo hizo aquí el celebérrimo violinista de origen lituano, con un sonido de extraordinaria firmeza y sorteando cualquier escollo técnico de la endiablada partitura. Pero interpretar… Literalmente, la interpretación no existe. Su fraseo es mecánico, aséptico, anodino. Hay tensión en su fraseo, sí, pero esa tensión no va en ninguna dirección expresiva. Ni dolor interno, ni rebeldía, ni nostalgia, ni lirismo más o menos contemplativo. Nada de nada. La dirección de Walter Hendl es todo lo vistosa que le permite la formidable Chicago Symphony, pero resulta no menos superficial que la intervención del solista. La toma sonora en SACD de tres canales, impresionante pese a faltarle un punto de gama dinámica. (5) 3. Ferras. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1964). Sin ser su virtuosismo el mayor posible, resulta admirable el violín, de sonido bello y carnoso, gran variedad expresiva y apreciable aliento lírico, sin llegar al carácter doliente y la tensión extrema de otros colegas. Karajan ofrece una dirección de enorme belleza y sonido opulento, siempre sensual y poderosa, rocosa en su grado justo, pero mirando antes a la dimensión romántica del autor que a la expresionista, y por ende no muy electrizante ni encrespada. Así las cosas, lo mejor es un formidable segundo movimiento y lo menos conseguido un tercero trazado con naturalidad y poesía, pero sin el carácter bronco, obsesivo y demoníaco, de danza macabra, que aquí resulta tan atractivo. Muy buen sonido en la última remasterización. (9) 4. Perlman. Leinsdorf/Sinfónica de Boston (RCA, 1966). Veintiún añitos contaba Perlman cuando realizó este registro, dejando a todo el mundo patidifuso por su enorme capacidad técnica para enfrentarse a una obra semejante. Por desgracia, ya desde los primeros compases se aprecia que le queda aún bastante para madurar su acercamiento: sin ser tan mecánico como Heifezt y mostrando ya un temperamento adecuadamente dramático, el joven violinista israelí frasea de manera muy supeficial, a veces con nerviosismo y casi siempre pasando por encima de las posibilidades poéticas que le plantea esta música. No le ayuda precisamente la no menos despistada dirección de un Leinsdorf más bien ajeno al espíritu de la partitura. En cualquier caso, la interpretación va de menos a más, desde un primer movimiento flojísimo por parte de solista y batuta hasta un tercero muy correctamente encaminado. (7) 5. David Oistrakh. Rozhdestvensky/Gran Orquesta Sinfónica de la URSS (BMG-Melodiya, 1968?).  De nuevo nos encontramos aquí ante un violín recio, viril, ardiente pero siempre controlado, de una rusticidad muy sana y muy adecuada, también muy cantable y de honda belleza, aunque poco dado a la ternura y la sensualidad lírica. Ahora cuenta con una dirección más interesante que la de Ehrling: bronca, hosca, muy dramática, mirando más al futuro que al pasado del compositor. La interpretación pierde puntos por la orquesta, que se queda corta. La toma sonora, en estudio, es mejor de lo que se podía esperar. (9) 6. Chung. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1970). En la primera de sus tres grabaciones de la página, André Previn demuestra gran sintonía con el idioma de Sibelius ofreciendo una recreación adecuadamente tensa, poderosa y escarpada, situada en el punto justo entre la tradición romántica y el lenguaje maduro del autor en el que la partitura, por su cronología, se encuentra situada, y todo ello lo hace demostrando sinceridad expresiva y la excelente capacidad de concertación que ya le conocemos, aunque todavía sin terminar de profundizar en las notas, e incluso mostrándose un poco menos concentrado de la cuenta. Quizá por eso la violinista coreana, en su deslumbrante debut discográfico con tan solo veintidós años de edad, no logre tampoco redondear su lectura mayormente lírica, más cantable que doliente, bellísima en cualquier caso, aunque resulte imposible no caer rendidos de asombro ante su deslumbrante exhibición de virtuosismo. Y tampoco vamos a negar que carezca de temperamento cuando quiere hacer gala de éste: el último movimiento posee una garra irresistible. La toma sonora, ofreciendo gran equilibrio de planos y una buena gama dinámica, deja en evidencia su edad. (8) 7. Zukerman. Barenboim/Filarmónica de Londres (DG, 1975). El de Buenos Aires ofrece una dirección tan atractiva como discutible: rabiosa y muy escarpada, llena de tensión, en ese sentido más juvenil que madura, pero en cualquier caso sincera y con mucha fuerza. Lo asombroso de este registro, en cualquier caso, es un Pinchas Zukerman intensísimo y visceral, lleno de imaginación, de teatralidad y de sentido de los contrastes, capaz de volar con lirismo y de ser ensoñado pero, sobre todo, atento a la dimensión más amarga y rebelde de la página. El resultado, una interpretación de una inmediatez, una intensidad y un dramatismo impresionantes, pero sin que se resientan la arquitectura ni la belleza sonora: todo está bajo control. A mi entender, todavía hoy es la número uno. La toma sonora es francamente buena para la época. (10) 8. Kremer. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (RCA, 1977). Tras un arranque sin suficiente concentración ni poesía, sorprende muy gratamente encontrarse ante un Gidon Kremer –treinta años– no solo con un sonido menos gatuno de lo que en él va a ser habitual, sino también resplandeciente en el agudo, fluido a más no poder en el fraseo y muy centrado en lo expresivo, y si bien es cierto que en el primer movimiento no va a lograr cogerle el pulso poético a la obra, en el segundo ofrece una recreación sincera, intensa y comunicativa a más no poder, la propia de un violinista de primera categoría. Desdichadamente en el tercero aparece el Kremer que todos conocemos, arañando la música con sonoridades poco gratas y ofreciendo excentricidades diversas en plan exhibicionista. Quizá por no contar esta vez con una orquesta rusa sino con la London Symphony, la dirección de Rozhdestvensky –quien asimismo alcanza su mayor inspiración en el Adagio– resulta mucho menos bronca y escarpada de la que ofreció junto a Oistrakh. Espléndida la toma. (8) 9. Perlman. Previn/Sinfónica de Pittsburg (EMI, 1979). Tan solo ocho años después de su registro con la Chung, Previn redondea su aproximación tomándose las cosas con un poco más de calma, moderando los tempi al mismo tiempo que añade una dosis extra de vuelo lírico e intensidad dramática: la fuerza que adquiere el gran clímax del segundo movimiento resulta muy emotiva. Perlman, muchísimo más maduro que en su primera aproximación, es ya el gran Perlman, y sin lugar a dudas resulta más adecuado para esta obra que la Chung, tanto por lo afilado de su sonido como por su personalidad particularmente encendida y visceral, lo que no le impide someter en todo momento las pasiones al más absoluto control técnico. Ofrece así una lectura ante todo doliente y rebelde, cargada de sentido trágico, desdichadamente sin la belleza sonora y la hondura contemplativa de las recreaciones de otros colegas, pero impactante en lo expresivo y en perfecta sintonía con la batuta. La remasterización HD la hacen sonar bastante mejor que la de Previn con Chung. (9)   10. Mullova. Ozawa/Sinfónica de Boston (Philips, 1985). El suntuoso sonido de la orquesta norteamericana, al mismo tiempo aterciopelado y oscuro, en principio ideal para esta partitura, es lo único remarcable dentro de una lectura a todas luces decepcionante en la que dos grandes artistas se encuentran como pez fuera del agua. Ni por sonido –hermoso pero poco denso– ni por temperamento –ajeno a tensiones y conflictos– la Mullova es capaz de hacer justicia a la mezcla de poesía y dramatismo que exige la obra, mientras que el siempre refinado y elegante Ozawa parece preocuparse tan solo de ofrecer grandes sonoros –y su habitual exquisitez para el color– sin profundizar en las asperezas de la página. Tanta blandura por parte de uno y de otro termina irritando. (6)   11. Kennedy. Rattle/Sinfónica de Birmingham (EMI, 1987). En contra de lo que se podía esperar de un violinista tan comercial y de un director aún por madurar, lo que aquí nos encontramos es una muy hermosa versión de trazo claramente lírico, muy sensata y muy musical, aunque un tanto escasa de temperamento, de garra y de carácter, sobre todo en un tercer movimiento más bien descafeinado. Esto no le impide a Rattle, en cualquier caso, ofrecer un notable clímax dramático hacia el final del primer movimiento; en la conclusión de la obra, por desgracia, se precipita innecesariamente. (8)   12. Shaham. Sinopoli/Philharmonia (DG, 1991). Hay que descubrirse ante la tremebunda exhibición técnica del joven violinista estadounidense (¡veinte años, uno menos que Perlman cuando grabó por primera vez la partitura!) en una partitura tan endiablada como esta. ¡Qué sonido más hermoso, qué homogeneidad, qué afinación! ¡Qué manera de resolver con pasmosa facilidad los pasajes más endiablados! ¡Qué habilidad para moverse entre los pianísimos más sutiles y el enfrentamiento con la masa orquestal! Por si fuera poco, en lo expresivo demostraba ya ser un artista comprometido, sincero, alejado de la mera exhibición y dispuesto a hurgar en los aspectos más dramáticos de la música, aunque es necesario reconocer que no termina de redondear su acercamiento, sobre todo en un segundo movimiento con tremendos picos de tensión pero algo ajeno a la sensualidad, la ternura y la emotividad lírica que asimismo alberga. Tampoco la tremenda cadenza del primer movimiento resulta del todo aprovechada. A Sinopoli le pasa un poco lo mismo: la labor técnica es colosal y el enfoque resulta adecuadamente escarpado, pero hay más vistosidad que hondura en su, en cualquier caso, muy notable acercamiento. La toma sonora es sensacional, una de las mejores que haya recibido esta página. (8) 13. Mutter. Previn/Staatskapelle de Dresde (DG, 1995). En su tercera y última aproximación discográfica, el ya anciano Previn se pone al frente de una orquesta soberbia –maravillosamente recogida por los ingenieros de Deutsche Grammophon– para ofrecer una lectura de enorme depuración sonora, muy bella y con frecuencia minuciosa –se escuchan detalles generalmente desaprecibidos– que alcanza un perfecto equilibrio entre lo poderoso –sin resultar muy escarpado– y lo poético en una demostración no de genialidad, pero sí de plena madurez; el clímax del Adagio vuelve a estar muy bien construido, siempre haciendo gala de una muy natural planificación de las tensiones. El problema está en la que iba a ser en el futuro su señora esposa. Mutter es dueña del sonido violinístico más bello jamás escuchado y de una técnica insuperable, pero aborda la página oscilando entre un preciocismo narcisista proclive al amaneramiento y, en el extremo opuesto, un temperamento dramático algo artificioso, no del todo creíble. Entre un polo y otro, ofrece pasajes admirables en los que sabe aunar cantabilidad y carácter emotivo derrochando un lirismo de la mejor ley. Desconcertante. (7) 14. Vengerov. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Teldec, 1996). Veintiún años después las cosas han cambiado y Barenboim, aunque sabe ser poderoso cuando debe –tremenda la garra de los clímax– y aprovecha el tercer movimiento para hacer gala de su siempre desarrollado sentido de lo trágico, se muestra menos escarpado, quizá también menos vehemente, al tiempo que más atento al vuelo lírico –Adagio algo más lento y mejor paladeado–, más dado a la reflexión y más profundo. Más maduro, en definitiva, aunque se pueda preferir el enfoque más inmediato de la anterior ocasión. La orquesta aporta, además de virtuosismo en grado superlativo, una sonoridad oscura y densa en la cuerda grave que el director aprovecha de maravilla. Por su parte, el entonces joven Vengerov sabe encontrar el punto perfecto de equilibrio entre la calidez humanista de la vertiente lírica de la página, por un lado, y el dolor y la tensión interna que asimismo demanda la partitura por otro, sin necesidad de acentuar ninguno de los dos extremos pero mostrándose conmovedor en grado extremo; todo ello, claro está, con un sonido carnoso y de enorme belleza, una agilidad incontestable y un fraseo de enorme concentración. Lástima que la toma sonora, como tantas realizadas por Teldec en el Orchestra Hall de Chicago por aquellos años, resulte algo turbia y difusa, aunque a cambio ofrezca una amplia gama dinámica. (10) 15. Vengerov. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DVD Arthaus, 1997).De nuevo impresionante el violín, de sonido firme y bellísimo, un punto aristado, fraseando con una intensidad doliente fuera de lo común, también con hondura y reflexión en el segundo movimiento y con su pizca de humor en el tercero, siempre dentro de un enfoque sobrio y dramático, poco dado a las ensoñaciones poéticas, pero no precisamente escaso de cantabilidad. El mismo enfoque es el de la batuta, intensa y poderosa, que hace sonar a la portentosa orquesta de manera particularmente bronca y oscura, mirando hacia el Sibelius maduro antes que al juvenil en esta obra de transición. Eso sí, en algún clímax resulta un punto nerviosa, muy escarpada pero sin toda la grandeza opresiva posible: quizá la grabación que los mismos intérpretes hicieron en disco sea un poco mejor. La toma sonora se beneficia de la acústica extraordinaria de la Philharmonie de Colonia, pero posee un punto de distorsión que la hace algo áspera. (9)  16. Tetzlaff. Dausgaard/Sinfónica de la Radio Nacional Danesa (Virgin, 2002). Queda claro que el violinista de Hamburgo posee destreza digital sobrada para abordar esta obra, pero su sonido pequeño y bonito no parece el más adecuado para la misma –necesita más carne–, ni su expresividad termina de resultar comprometida, pareciéndose interesar más por la belleza sonora y la elegancia –arranque tan apolíneo y luminoso como falto de garra– que por el mundo de tensiones que anida en la partitura. Tampoco Dausgaard, en todo momento correcto, parece dejar volar su inspiración, mostrándose un tanto insípido en los pasajes líricos y más nervioso que desgarrador en los dramáticos. Tampoco se preocupa mucho de matizar las diferentes líneas del entramado orquestal ni de graduar las tensiones. La toma sonora es buena, pero solo eso. (7)   17. Khachatryan. Emmanuel Krivine/Sinfonia Varsovia (Naive, 2003). Aquí se bate el récord de Shaham: el violinista armenio graba la obra a sus dieciocho años. Pasmoso. Pero ocurre lo que tenía que ocurrir: si bien es cierto que muestra una tremenda agilidad, su sonido no es del todo poderoso y su enfoque no todo lo tenso que debería; incluso algún pasaje resulta un pelín blando. Siendo su interpretación globalmente notable, Khachatryan no era todavía el genial artista que es a día de hoy. No le ayuda una batuta muy solvente pero un tanto plana e impersonal. Toma sonora con relieve pero turbia e incluso con distorsión en los tutti. Esperemos que Khachatryan tenga en el futuro una nueva oportunidad para dejar testimonio de su visión de la partitura. (7) 18. Kraggerud. Engeset/Sinfónica de Bournemouth (Naxos, 2003). Siguiendo la tónica habitual en el sello Naxos, lo que aquí se nos ofrecen es una interpretación más que digna, pero solo eso, a cargo de artistas desconocidos en toma sonora notable sin más (ni siquiera en el SACD multicanal, que es lo que he escuchado). En este caso nos encontramos con un violinista, Henning Kraggerud, de sonido no ya pequeño sino un punto canijo, que toca bastante bien y se muestra sensible dentro de un enfoque fundamentalmente lírico –no puede permitirse otra cosa–, y ante un director, Bjarte Engeset, que dirige con solvencia y cierta prisa en el tercer movimiento, pero sin demostrar especial interés por desmenuzar la partitura ni derrochar mucha inspiración. Prescindible. (7) 19. Hahn. Salonen/Radio Sueca (DG, 2007). Resulta muy atractivo el enfoque tenso, austero, dramático y escarpado por parte de los dos artistas, ajenos a cualquier devaneo sonoro, pero se echan de menos vuelo lírico, calidez humana y emotividad. En cualquier caso, hay que quitarse el sombrero ante la exhibición de técnica que realiza la violinista norteamericana. La grabación podría ser mejor. (8) 20. Zjnaider. Juraj Valcuha/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2011). Nos encontramos aquí ante un violinista de sonido no muy potente pero sí robusto, capaz de adelgazarlo hasta el límite sin perder solidez, amén de pletórico de agilidad y poseedor de una amplia gama de colores, abordando la partitura en una línea introvertida pero de enorme tensión interna, muy doliente, en absoluto narcisista o ensoñado. Dirección sobria, rocosa, sin concesiones frente a una orquesta increíble. Resultado, una importantísima interpretación. (9)   21. Esther Yoo. Ashkenazy/Philharmonia (DG, 2014). Violinista de sonido hermoso y gran técnica que ofrece una interpretación lírica y luminosa en el buen sentido, es decir, en absoluto blanda ni meramente contemplativa, pero que se queda corta a la hora de desplegar el sentido dramático y la emotividad intensa de esta obra. Es decir, lo mismo que le había ocurrido antes a otros colegas. Por su parte, y aun sin terminar de sintonizar con la partitura, Ashkenazy demuestra, muchos años después de su magnífica integral sinfónica para Decca con esta misma orquesta, seguir sintonizando perfectamente con el idioma de Sibelius, tratándolo en el punto justo de equilibrio entre romanticismo tardío y modernidad, evitando la tentación de quedarse en la belleza epidérmica y sabiendo hacer que suena hosco, poderoso y hondo sin necesidad de forzar las cosas. Muy buen sonido HD, pero hay un poco de soplido o de ruido electrónico que no soy capaz de identificar. (8) 22. Kavakos. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, Atenas, 1 mayo 2015). El violinista griego posee un sonido robusto y un punto rústico, en absoluto almibarado, que le sienta de maravilla a la obra. Sin embargo, su interpretación no termina de conectar con el espíritu de la misma, resultando adecuadamente escarpada y doliente mas no del todo cálida, ni humanística, ni tierna, que también debe serlo. En cualquier caso, va de menos a más, y tras un excesivo distanciamiento el primer movimiento se va calentando hasta alcanzar un clímax muy escarpado y, a partir de ahí, mantener un nivel sostenido. Rattle hace sonar a la orquesta con la adecuada suntuosidad, pero tampoco se encuentra demasiado metido en la partitura, a la que ve quizá con excesivo carácter contemplativo, y solo llega a interesar realmente cuando ofrece asombrosas ráfagas de electricidad en el movimiento conclusivo. (8)   23. Batiashvili. Barenboim/Staatskapelle Berlín (DG, 2016). Violín de sonido muy hermoso, quizá excesivamente lírico, ofreciendo una interpretación de maravillosa cantabilidad que quiere ser ante todo contemplativa y evocadora. Es decir, lo mismo que ya intentaron muchos otros con anterioridad sin lograr redondear los resultados. Pero esta vez las cosas funcionan de maravilla: además de lo dicho, la violinista georgiana sí que se muestra muy atenta a los aspectos dolientes de la partitura y a su marcado carácter trágico, sabiendo ofrecer tensión interna, acentos lacerantes y apasionamiento bien controlado, aunque haciéndolo sin necesidad de subrayar asperezas, extremar los contrastes expresivos ni caer en el desgarro, sino más bien alcanzando un equilibrio con la extrema belleza formal de la propuesta. Una aproximación apolínea, en definitiva, pero por completo convincente, en magnífica sintonía con un Barenboim que desde los tiempos de su grabación con Zukerman conoce a la perfección el dolor que se esconde tras las notas, pero que en esta más reciente fase de su carrera sabe asimismo ser esencial y ofrecer un lirismo concentrado y esencial de altísimo vuelo poético. Impresionante la Staatskapelle berlinesa, a la que el maestro hace sonar de manera poderosa y escarpada ideal para Sibelius. Una toma soberbia redondea un disco (¡menudo Tchaikovsky!) imprescindible. (10)

Ya nos queda un día menos

21 de junio

Genial a los catorce, pretenciosa a los cuarenta y dos

Grabación de los conciertos para violín nº 3 y 5 de Wolfgang Amadeus Mozart. Increíble que a los catorce años se pueda exhibir un sonido violinístico tan hermoso, tan homogéneo, tan lleno de carne, tan perfectamente afinado; un fraseo tan ágil, tan desenvuelto en el virtuosismo –espléndidas las cadenzas de Sam Franko y Joseph Joachim– y tan lleno de cantabilidad. Pero asombra aún más la sensibilidad asombrosa de esta niña, la capacidad para desplegar poesía de altísimos vuelos atendiendo al mismo tiempo a lo que de coqueto y galante tiene esta música, sin confundir en absoluto estos conceptos con ingravidez, trivialidad y cursilería. Es probable que muchos lectores lo hayan adivinado sin necesidad de mirar la carátula: estoy hablando de los registros que de las obras citadas realizó Anne-Sophie Mutter en febrero de 1978 en la Philharmonie de Berlín junto a su mentor Herbert von Karajan y la orquesta de la que era titular para Deutsche Grammophon. Con resultados excelsos no solo por parte de ella: cierto es que la sonoridad de la Berliner Philharmoniker resulta en exceso musculada para este repertorio, pero por fortuna la dirección del salzburgués es de trazo fino, ofrece mucha convicción en los movimientos extremos y despliega la más conmovedora concentración los adagios, particularmente en el sublime del Concierto nº 3. Mutter decide grabar los cinco conciertos, más la Sinfonía concertante, en julio de 2005, de nuevo para el sello amarillo. Han pasado veintisiete años desde su grabación con Karajan. Nuestra artista cuenta ahora cuarenta y dos recién cumplidos, y decide ponerse al frente de la Filarmónica de Londres para tocar y dirigir al mismo tiempo. La increíble hermosura de su sonido sigue ahí, como también su espectacular dominio técnico del instrumento. Y su capacidad para frasear las melodías con una cantabilidad asombrosa. Sin embargo, su violín no vuela ahora a la misma altura poética, porque la asombrosa frescura de antaño, la sinceridad, la inocencia digamos que adolescente que desprendía en aquella ocasión, se ve sustituida por una cierta dosis de autocomplacencia, sin llegar quizá a las dosis de inaguantable narcicismo que la violinista alemana ha hecho gala en su madurez en otros repertorios (Beethoven, Tchaikovsky), pero recreándose sin tapujos en la belleza más superficial en lugar de profundizar en la intensidad de las emociones, y adornando la partitura aquí y allá con algunos detalles no solo innecesarios, sino también un poco preciosistas, poco naturales, producto más del deseo de decir cosas nuevas que de acudir a la esencia de la música.   Como directora debemos reconocer que no lo hace nada mal, aportando un fraseo que, aun muy lejos del historicismo –en las notas confiesa no tener ningún interés por las cuerdas de tripa–, resulta más ágil y menos masivo que el de  Karajan, por ello mismo más adecuado para obras como esta, pero sin la fuerza expresiva que conseguía aquél y con detalles, nuevamente, un poco más coquetos de la cuenta. Así las cosas, lo mejor de las nuevas grabaciones –no he escuchado el ciclo completo, solo los dos conciertos grabados con anterioridad– es el movimiento conclusivo del KV 216, donde tanto con el instrumento como dirigiendo a la orquesta alcanza el adecuado punto de equilibrio entre elegancia y picardía. Lo peor, la dulzonería de la aparición del violín primer movimiento del KV 219 –llevado ahora con mayor rapidez– y algunos pasajes de su Adagio; las célebres "turquerías" suenan más rígidas y con mucho menos empuje que con Karajan en lo que a la orquesta se refiere La toma sonora del disco de 1978 es espléndida en su última remasterización. La del de 2005 no es mucho mejor, ni siquiera teniendo la oportunidad de disfrutar de la versión en HD. En cualquier caso, recomiendo escuchar las dos grabaciones: sacarán ustedes una idea muy clara de cómo ha evolucionado esta prestigiosísima violista. A peor.



Ópera Perú

15 de junio

Tres estrellas, tres conciertos, una noche

Este 6 de julio tres estrellas internacionales interpretarán tres magistrales conciertos con orquesta en una noche musical única este 6 de julio a las 8:00 p.m. en el Gran Teatro Nacional.(Difusión) Hablamos de la prestigiosa violinista escocesa Nicola Benedetti, la estrella alemana del chelo Leonard Elschenbroich y el pianista ucraniano Alexey Grynyuk, alabados en todo el mundo y que llegarán a Lima para interpretar nada menos que tres conciertos para solista y orquesta en una sola noche. Ellos estarán acompañados de la Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil Bicentenario, dirigida por Pablo Sabat, y el ambicioso programa consistirá en la obertura “Coriolano” de Beethoven, dirigida por Elschenbroich; El concierto no. 2 para violín y orquesta de Dmitri Shostakovich, interpretado por Benedetti; el Concierto para piano y orquesta de Robert Schumann interpretado por Grynyuk; y finalmente el imponente Doble Concierto para violín, chelo y orquesta de Johannes Brahms, a cargo de Benedetti y Elschenbroich.Nicola Benedetti es una de las violinistas mas reconocidas del mundo. Se inicia en la música a los cuatro años de edad. La joven violinista salta todas las etapas de la educación musical tradicional. A los ocho años de edad fue elegida como primera instrumentista de la orquesta para niños National Children’s Orchestra of Great Britain. En el 2000, toca con el Royal Scottish National Orchestra y el Scottish Opera. En 2004, a los 16 años de edad, gana el concurso al Mejor Talento del Año de la BBC de Londres. Al final del 2004, firma un contrato millonario con la Deutsche Grammophon / Universal Music Group Classic & Jazz. En Septiembre del 2012 toca en la ceremonia de clausura de los Proms. En 2013 fue nombrada Miembro de la Orden del Imperio Británico por sus servicios a la música y sus obras de beneficencia.Leonard Elschenbroich emerge como uno de los más carismáticos chelistas de su generación después de recibir el Premio Leonard Bernstein durante la apertura del Festival Schleswig Holstein en 2009, después de tocar el doble concierto de Brahms junto a Anne Sophie Mutter bajo la dirección de Christoph Eschenbach. Desde entonces ha tocado con la BBC Radio 3 New Generation de 2012, un prestigioso premio que le proporcionó actuaciones y grabaciones con todas las orquestas de la BBC y la BBC Proms. Desde entonces, Elschenbroich se ha presentado en los escenarios y las orquestas mas importantes del mundo.El pianista Alexei Grynyuk obtuvo gran atención cuando ganó el Primer Premio en el Concurso para piano Sergei Diaguilev de la Unión Soviética en Moscú. Ya para entonces estaba tocando conciertos de Mozart y Chopin por Europa del Este con las orquestas sinfónicas de Ucrania. Es ganador de numerosos premios internacionales de piano incluyendo el Primer Premio del Concurso Internacional de Piano Vladimir Horowitz y la Competencia Internacional de Piano de Shanghái en China. CONCIERTO DE ESTRELLAS6 DE JULIO - GRAN TEATRO NACIONAL (Av. Javier Prado 2225, San Borja). Nicola Benedetti, Violín; Leonard Elschenbroich, Chelo; Alexey Grynyuk, Piano. Orquesta Sinfónica Nacional Juvenil Bicentenario (OSNJB)Pablo Sabat, director.  PROGRAMA Ludwig Van BeethovenObertura “Coriolano”, Op. 62.Dirige Leonard Elschenbroich Dmitri ShostakovichConcierto para violín y orquesta no. 2, Op. 129.Nicola Benedetti, violín, OSNJB, Pablo Sabat.Robert SchumannConcierto para piano y Orquesta, Op. 54.Alexey Grynyuk, piano, OSNJB, Pablo Sabat.Johannes BrahmsDoble Concierto para violín, chelo y Orquesta, Op. 102.Nicola Benedetti, violín; Leonard Elschenbroich, chelo, OSNJB, Pablo Sabat.

Ópera Perú

5 de junio

El gran Pablo Ferrández debuta en Lima

 Aplaudido en los escenarios más exigentes del mundo, el violonchelista Pablo Ferrández hará su debut en nuestro país en la Temporada de Abono de la Sociedad Filarmónica de Lima. (Difusión SFL) El joven chelista Pablo Ferrández hizo historia siendo el primer español premiado en el prestigioso XV International Tchaikovsky Competition. Elogiado por su autenticidad, Pablo es considerado por la crítica como "uno de los mejores violonchelistas" y colabora con artistas de la talla de Zubin Mehta, Christoph Eschenbach, Valery Gergiev, Gidon Kremer y Anne-Sophie Mutter, entre otros. Galardonado con el premio ICMA 2016 al "Joven Artista del Año", Ferrández llega a Lima para ofrecer un concierto, este martes 6 de junio a las 7:45 p.m. en el Auditorio Santa Úrsula, como parte de la Temporada de Abono 2017 de la Sociedad Filarmónica de Lima. Ferrández actuará acompañado del pianista Luis Del Valle y ofrecerá un programa con obras de Schumann, Bruch, Franck y Shostakóvich. Pablo ha sido solista de agrupaciones como la Mariinsky Orchestra, Vienna Symphony Orchestra, St. Petersburg Philharmonic, Stuttgart Philharmonic, Kremerata Baltica, Helsinki Philharmonic, Tapiola Sinfonietta, Hyogo Performing Arts Center Orchestra, Mexico National Symphony Orchestra, Spanish National Orchestra, RTVE Orchestra, Maggio Musicale Fiorentino. Por su parte, Luis Del Valle ha estudiado en la Sibelius Academy de Helsinki y posteriormente en la Escuela Superior de Música Reina Sofía, donde recibió la distinción de "Alumno más sobresaliente" de la Cátedra de Música de Cámara. De esta manera la Sociedad Filarmónica de Lima celebra por todo lo alto, 110 años de trabajo ininterrumpido con más de 25 conciertos internacionales en dos sedes: Gran Teatro Nacional y el Auditorio Santa Úrsula. Su Temporada 2017 trae a nuestra capital a los más reconocidos solistas, músicos y orquestas a nivel mundial, dedicados a cultivar la música clásica. PABLO FERRÁNDEZ / LUIS DEL VALLEChelo y pianoMartes 6 de mayo, 7:45 p.m. Auditorio Santa ÚrsulaAv. Santo Toribio 150, San Isidro Programa:MAX BRUCH: Kol Nidrei, op. 47CÉSAR FRANCK: Sonata para chelo y piano en la mayorROBERT SCHUMANN: Piezas de fantasía op. 73DMITRI SHOSTAKÓVICH: Sonata para chelo y piano en re menor op. 40 Venta de abonos y entradas en Teleticket de Wong y Metro.

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